Una cuarentena impensada, inesperada.

Hace ya casi un mes que estoy en cuarentena. Una cuarentena impensada, inesperada.
Es como si todo sucediera afuera, siempre a los otrxs… bueno: llegó a la casa de todxs.

Antes de esta “cuarenteneada” ya teníamos bastante organizada nuestra agenda, la inmediata al menos: la presentación de un nuevo espectáculo: “La Patria no se hizo sola” con mi amigo y estupendo profesional Mariano Saravia; la producción de Vázquez Comisarenco y el acompañamiento de muchxs que ya nos habían dicho que iban a ir a escucharlo por primera vez…

Bueno, todo suspendido; toda actuación, cancelada; toda presentación pasada para adelante.

(Muchxs cantorxs, al menos mis pares, somos lxs “prescindibles” … pero nos volvemos “imprescindibles” a la hora del recuerdo, de los mates o en cualquier momento… gracias a Dios por la música!)

Casi toda mi vida he estado sobre un escenario; la mitad de ella, seguro. Y siempre he pensado y dicho esto: la cantora vive del dinero que cobra por su actuación… pero qué pobre sería esa cantora si solamente tuviera como retribución a su canto, el dinero. Si la cantora no recibiera el aplauso y el cariño permanente de su gente, a esa cantora le faltaría el alma.

El aplauso: lo más esperado por quienes nos subimos al escenario; sinónimo de la aceptación, del cariño y del acompañamiento del público.

Y pensaba en estos días: ¿a cuánta gente le gustaría, en el transcurrir de su vida, que lx aplaudieran masivamente, aunque sea por una vez?

Cuántxs darían mucho, mucho por sentirlo una vez al aire libre, en su corazón y en su “ego de artista fugaz”… aunque sea, una sola vez…

Esta vez, nos tocó a todxs  y a cada unx de nosotros, aplaudir. Ya no a una artista, sino al PUEBLO en su lugar de protagonista.

Yo aplaudo, a las nueve de la noche, en mi pueblo, en Cañuelas.

Y la primera vez que lo hice, lloré mucho: estaba a oscuras, detrás de la puerta de entrada a mi casa, sola, acompañada únicamente por los otros aplausos de mis vecinxs… sentí una opresión en mi corazón porque aplaudía a gente que no veía. ¡No veía! ¡Casi que no conozco sus caras! Pero siento su presencia todos los días: en los centros de salud, tratando que nuestra dolencia sea lo menos posible; tratando, nada más y nada menos, que de salvarnos la vida; jugándose por todxs nosotrxs en cada calle, avenida o ruta, solicitando los benditos papeles para poder circular; subiéndose a un camión cada noche para levantar nuestra basura; permaneciendo en cada negocio, cobrando, atendiendo, reponiendo mercadería, limpiando; siendo voluntarix de cada ciudad, ayudando a nuestrxs abuelxs para cobrar, a ser vacunados; averiguando qué necesitan lxs vecinxs durante el encierro para saber y poder subsanar necesidades; tomando decisiones políticas, sanitarias, de seguridad con inteligencia, decisión y firmeza, porque saben que de ellas depende la salud nuestra gente.

Cuando salgamos de ésta; cuando volvamos a la rutina de ese trabajo del que tanto renegábamos; cuando podamos abrazar nuevamente a nuestrxs viejxs; cuando nos volvamos a sentar en una mesa de bar con lxs amigxs; cuando creamos que el estudio no nos deja tiempo para salir; cuando tengamos que movilizarnos durante muchas horas para llegar a un nuevo lugar a cantar; cuando…todo o algo o ninguno, en cualquier circunstancia… no nos olvidemos que tanto lo añorábamos, que tanto lo necesitábamos, que tanto quisimos hacer y no pudimos.

No nos olvidemos de quienes estuvieron afuera, cuando nosotros continuábamos adentro. Porque todxs ellxs estuvieron ahí, por y para nosotrxs; porque nos ayudaron a pesar del miedo, del tiempo y del virus… porque estuvieron para que nosotrxs permaneciéramos.

Desde mi humilde lugar de cantora nacional y popular, mis gracias, mi afecto infinito y mi aplauso enorme: desde el otro lado de la puerta y con todo mi corazón.



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